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«A veces me empeloto»: la historia de María Helena Ruíz

«Me llamo María Helena Ruíz, pero todos me dicen ‘Mane’.

En la adolescencia tuve un ensayo como migrante por dos años. Pero después de unas cuantas pataletas, mis padres entendieron que quería desesperadamente volver a Venezuela.

Así fue. Volví y me quedé.

A veces me empeloto, pero la historia de cómo ahora ese es mi trabajo tiene más matices que solo mostrar mi cuerpo.

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Foto: @cramos7

Estudié Derecho, me gradué, pero el estudio y la vocación no están casados, por lo menos en mi caso; por eso di un paseo por la cocina. Me instruí en algo que antes solo representaba una habilidad adquirida en las reuniones familiares, de mis domingos en Barinas.

La vida y sus planes me quitaron a mi padre; murió hace unos años. Mi hermana emigró, la casa se fue quedando vacía y esos domingos inevitablemente apagando.

¿Para qué seguir en Venezuela?

Yo también me pregunté lo mismo. ‘Un novio ido y una visa negada’, así se llama ese capítulo.

Mi padre me dejó una propiedad donde intenté  implementar lo que había aprendido aquel tiempo cerca de fogones, recetas e instrucciones formales de cuántos gramos y pizcas de sal lleva qué.

Intento fallido.

No me juzguen, eran tiempos difíciles. Se me iba la vida buscando un simple ingrediente para levantar el negocio. Era un hecho inexorable tener que venderlo.

Lo hice.

Compré un carro, trabajé el doble —ahora en cocinas ajenas— porque ya papá no estaba.

El carro es parte importante de la historia. En 2017 fue el responsable de llevarme a esa primera sesión de fotos donde vi a la Mane de hoy.

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Mane para Vogue Italia. Foto: @johnharriison

Mi objetivo era llevar esas fotos a una agencia en Valencia. El fotógrafo escogió como locación una playa, allí me mostró las imágenes de una modelo desnuda y solo pensé en que yo quería verme así.

Un buen día decidí publicar esas fotografías en mi cuenta de Instagram. La misma que usaba para mostrar las fotos familiares, de mis platos y perritos.

Exacto. Todos pegaron el grito al cielo.

Algunos amigos se alejaron; y otros, como mi mejor amiga, reafirmaron ese título. Mi mamá refunfuñó al principio, en fin. El desnudo de Mane fue un tema.

Pero, así como la vida de cuando en cuando tiene unos planes nefastos, otras veces nos sorprende con cosas maravillosas.

Un fotógrafo muy reconocido fue el encargado de hacer mis primeras fotos de estudio, dos días antes de irse a Estados Unidos. Eso, sin duda, fue el prólogo de todo lo que vino. Muchos más me conocieron y desde ese momento no paré.

Me he encontrado de todo: gente que inspiro y otras que me aborrecen. El cuerpo representado en muchas formas pide espacios y yo lo he buscado, aunque los odiadores se opongan y el algoritmo se empeñe en desconocer mis intenciones.

Vivo entre episodios indignos, escenarios divinos, unas fotos de Madonna y algunas poses de Marilyn.

A veces una idea me interrumpe el sueño a las 3:00 am. Te sorprendería saber la disciplina que hay que tener para empelotarse.

Estoy donde debo estar, ya no me veo emigrando. Estoy completamente segura que seguiré sorteando la censura, llegaré donde el algoritmo no me alcance. Tapizaré una galería con mi cuerpo, hasta que tú y otros puedan entender que desnudarse también puede ser un arte, un arte inevitable».

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Foto: @yannaparra

Un placer conocerte, Mane.

Por Jennifer Marrugo

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@VISUALECTORES

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