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La historia de tres mujeres, periodistas y migrantes

Cuando nos detenemos a escuchar la historia de otras mujeres, nos damos cuenta que tal vez no somos tan especiales. Las experiencias van desde inspiradoras hasta aterradoras.

Lo que sí es cierto es que nos merecemos el título de atletas de alto rendimiento desde el día 1. Que a veces nos pasamos el testigo, pero la mayoría del tiempo para alcanzar la meta debemos participar en una carrera con obstáculos.

El podio femenino es y debe ser horizontal; lo demostraremos con la historia de estas tres mujeres, periodistas y migrantes.

«MIEDO A MORIR»: LA HISTORIA DE ANGELINA ESTRADA

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Angelina Estrada, periodista venezolana

«Ser periodista te da un instinto particular para saber dónde hay un verdadero peligro.

Venezuela me echó de allí. El miedo a las amenazas por una nota que denunciaba hechos evidentes de corrupción me hicieron tomar la decisión. No había nada qué hacer, debía irme.

Colombia, México y Estados Unidos, se supone era el trayecto que me llevaría a mí y a mi hijo de 2 años a ese nuevo destino; sin garantías, pero con menos miedo que en ese lugar sin ley.

Resulta que los lugares sin ley abundan y México no era excepción. Una frontera y un refugio donde —tras varios meses de permanencia— nos comenzamos a desesperar. Ya se olía la malicia. Los convenios burocráticos-políticos se desvanecieron y quedamos sin oportunidad.

Mi objetivo era estar del otro lado y un ‘coyote’ me garantizaba pasar como lo hizo con una mujer y su familia días antes. Ellos mismos me lo confirmaron.

Por si se preguntan, no, no había opciones. Era eso o nada. En ese rumbo conocí el verdadero miedo a morir.

En medio de la noche, ese hombre nos dejó del otro lado de un río. Mi hijo dormido en brazos afortunadamente no era capaz de reconocer aquel panorama. Caminaba en círculos, acompañados solo por la luz de la luna. Disparos cada tanto, los gritos aterradores de un hombre que parecía ser torturado me atormetaban. Las cascabeles de una serpiente y los pasos en falso me llevaban nuevamente hasta la orilla del río una y otra vez.

Las escenas en mi cabeza eran cada vez más espeluznantes. «Si nos mata una mafia», «si debo pagarles», «si se llevan a mi hijo como forma de pago», un pensamiento peor que otro.

Esperé la mañana y me hacía paso entre la hierba mala. No pude más. La poca agua que llevaba se la había dado al bebé y solo esperaba que un milagro me sacara de aquel nefasto lugar. No importaba adónde me llevara. Solo quería salir.

Pasó.

Una patrulla fronteriza de Estados Unidos nos avistó y pudimos salir. Fue surreal, había sorteado nuestra muerte que parecía tener firma.

Mi familia no supo de mí hasta que por azares de la vida una periodista de CBS me preguntó algo entre aquel gentío que permanecía en el centro de detenciones para migrantes.

El 18 de julio de 2019, justo el día de mi cumpleaños, me liberaron. Salí de ese mal sueño que de recordarlo se me seca la garganta.

Pero, lo que quiero que entiendas, es que podemos salir, hasta de las peores noches de nuestras vidas se puede salir. Por Dios, por suerte, por destino o porque todavía nos toca correr sin pasar el testigo».

«LOS 4 REFUGIOS»: LA HISTORIA DE ANDREA GOVEA

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Andrea Govea, periodista venezolana

«La pregunta no es por qué me fui de Venezuela; la pregunta es ¿por qué quedarse?

El periodismo se volvió un asunto ilusorio y mi hija no conocería algo distinto al caos, la trampa y las burbujas que se asemejan a la normalidad.

Un viaje por carretera hasta Colombia en 2018 me iba reafirmando que eso era lo correcto. Solo veía silente el intercambio infinito de dinero entre los que iban, venían, cuidaban y amenazaban. Era una rutina que todos asimilaron sin ánimos de cambiarla hasta ahora.

‘Crucé el charco’, como dicen. Otro mundo qué descubrir donde solo sabía escribir.

Llegamos a un primer refugio donde nos advirtieron que no había lugar para nosotros. Pero, como pasa a veces, no hay más opciones, era ahí o nada.

No nos fuimos. Esperamos y horas después nos consiguieron un espacio. Cuando digo ‘espacio’ era eso, un cuadro de 1×1 donde ubicar el coche y nosotros al lado.

Eran familias de todas partes del mundo bordeando una mesa. Los días transcurrieron entre ronquidos, peleas, llanto y un mago que aligeraba la carga con la impaciencia propia de los niños. Aunque no parezca, fue una experiencia enriquecedora, gente distinta queriendo lo mismo.

Un par de semanas ahí y a otro refugio. Unas navidades que tuvieron pesebre, regalos y todos los coroticos que nos hizo olvidar por momentos la situación real en la que estábamos.

Llegaba Fin de Año y nos movieron a otro lugar. Un hotel mayormente habitado por africanos que huían de escenarios mucho peores que el de nosotros. Ahí te dabas cuenta que eras afortunada y que las quejas había que engavetarlas un rato más.

Un dominicano que había vivido 25 años en Venezuela restauró un triciclo para regalárselo a mi hija. Como ese gesto, otros; que, así como el mago, ayudaban a aligerar la carga de esos días.

En el cuarto refugio se formalizaba la estadía. Pude conseguir un empleo que duró lo que duraba el permiso de trabajo. Ya no estaba escribiendo, sino pagando cuentas. Tuve otro trabajo de 12 horas donde solo me pagaban 7 y esa injusticia tan común en los migrantes me despertó mi verdadero interés por el arte.

Cuando una amiga me encargó una de mis pinturas  me hizo entender que si las oportunidades no llegan, yo misma me las doy. Porque nadie nos debe nada y la línea de meta a veces está cerca y otras veces hay que correr otro rato para alcanzarla».

«EL TIEMPO»: LA HISTORIA DE JENNIFER MARRUGO

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«Mi trabajo siempre ha sido contar la historia de los demás, pero tal vez la mía te sirva.

En mi historia no hay hijos, no hay refugios, no hay disparos ni miedo a la muerte. En la mía solo hay miedo al tiempo.

Desde que salí de Venezuela he intentado una conciliación con el reloj, pero él corre más rápido que yo.

Jamás me hubiese imaginado lo feliz que me haría estar detrás de una barra aprendiendo a hacer cocteles. O conocer a gente de todas partes del mundo mientras intentaba venderles algo. No fue tiempo perdido, sino invertido. Aunque en ese periodo no llevara la flamante etiqueta de periodista.

Quizás esperan mucho de mí y yo espero mucho del tiempo. Quiero que a veces el muy maldito se detenga y me dé más chance, porque es innegable que lo he intentado todo, procurando no deberle nada a nadie.

Tal vez se trate de dejar de ser arrogante para entender que el tiempo sabe escribir historias mejor que yo. Mientras el mundo se detuvo en en el 2020, él siguió escribiendo. A unas les fue fatal, a otras les dio oportunidades y a algunas les puso el contador en cero.

No sabría decir qué hizo conmigo. Tal vez un poquito de las tres y por eso ahora me estás leyendo, porque escribo para mi misma.

Al final, tú y yo debemos aprender que esta carrera no es contra el tiempo, porque la meta nunca se moverá de sitio.

Solo hay que engavetar las quejas como Andrea y estar seguras que todo pasa, hasta las peores noches. Si no, pregúntenle a Angelina.

Jennifer Marrugo

@VISUALECTORES

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