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Para visualectores

Parque Nacional Canaima: una travesía llamada Roraima

Donde las nubes besan las montañas, donde se confunden las estrellas con luciérnagas. Un lugar que pareciera elegir a quienes considera dignos para contemplar su majestuosidad; eso es el Roraima, un tepuy ubicado en el corazón de la Gran Sabana, Parque Nacional Canaima, al sur de Venezuela.

Para alcanzar la cima de este colosal forrado de verdes y piedras oscuras, llegué a Puerto Ordaz, estado Bolívar, y rodé durante más de diez horas sobre carreteras de gelatina hasta Santa Elena de Uairén, en la frontera con Brasil.

Desde Santa Elena, pueblo que abraza las culturas criollas, pemonas, brasileñas y de los forasteros que llegan desde cualquier parte del mundo, salen la mayoría de los aventureros que se lanzan a este arduo,  pero placentero desafío.

Un vehículo rústico nos acercó al punto de partida: Paraitepuy, una pequeña población pemona, puerta de enlace hacia el Roraima.

En este asentamiento se contratan a los porteadores, unos pemones con fuerza sobrehumana que logran ascender con una rapidez heroica el tepuy, con alimentos u otros requerimientos del grupo.

roraima-porteadores
Los porteadores pueden cargar más de 120 kilogramos en su espalda, usando el «guayare», una cesta hecha de bambú

Generalmente, son tres días en el Parque Nacional Canaima para gozar de la vista plena desde la cima del Roraima y dos días para bajar hasta lo que fue el punto de partida, Paraitepuy, todo dependerá de las condiciones físicas de cada quien.

Sol inclemente, chaparrones iban y venían, los sonidos de las aves que sobrevolaban la infinita sabana y especies que se escondían a nuestro paso acompañaron la travesía.

Además del clima bipolar, al alzar la mirada observaba los mayores guías durante el recorrido:  Kukenán y  Roraima, regios uno al lado del otro.

Las energías a mitad del trayecto disminuían producto de las largas caminatas que ponían a prueba el cuerpo y la mente. El primer día anduvimos nueve kilómetros, sin pausa, pero sin prisa, durante cinco horas hasta río Ték, donde pasamos la noche.

Rumbo a río Ték

Cuando el sol se esconde, la magia se apodera de ese lugar, un espectáculo cundió el cielo. Las luciérnagas en medio de la nada se fusionaron con la infinidad de estrellas que se paseaban velozmente de un lado a otro.

En la mañana siguiente un reggae de fondo nos despabilaba. Desde mi hamaca observaba lo cerca que estaba, los tepuyes resultaban un cuadro enmarcado desde la ventana.

Asomarse generó una sensación única en mi cuerpo, de paz, de fraternidad con la naturaleza, pensando en que Dios, si realmente existe, se tomó su tiempo para cincelar aquello a la perfección.

Vista desde la cabaña donde pasamos la primera noche

Empacamos nuevamente y salimos tempranito rumbo al campamento base.

Una jornada donde se camina de seis a siete horas, para recorrer los once kilómetros que te llevan a los pies del Roraima.

Cuando llegamos a la base, en medio de la nada fueron colocadas las carpas dispuestas para pasar la segunda noche. Excursionistas de Corea de Sur, Australia, España, Francia y otras nacionalidades se paseaban por el mismo campamento, con el mismo objetivo que nosotros: llegar al tope del Roraima.

Camino al campamento base

Parecía que todos hablábamos el mismo idioma, una mirada de complicidad y ánimos era el común cuando nos tropezábamos por las hileras del campamento.

Un pemón con excelentes aptitudes para la cocina nos consentía con una suculenta sopa para calentar el cuerpo, era el mejor premio en ese momento.

Alexis, el pemón engarcado de la cocina

Empacamos las cosas al amanecer y comenzamos a subir hacia el ansiado objetivo.

En el tercer día, ascendimos por las llamadas rampas o escaleras, pasaje con setenta grados de inclinación y mezcla de rocas, arena y arbustos en donde las rodillas, tobillos y el resto del cuerpo se desgastaban paulatinamente.

De cuatro a cinco horas dura este recorrido de cuatro kilómetros.  En medio del agotamiento, me detenía a observar el verde vivo de cada hoja, líquenes y el color agudo de las flores que abren sendero hacia La Pared, donde por primera vez tocas el tepuy, y sientes cómo su carácter te recorre el cuerpo, unos contuvieron las ganas de llorar, no fue mi caso.

Subiendo por las rampas o escaleras

Luego desfilamos por el Paso de las Lágrimas, una solemne caída de agua, devenida de la fusión de dos cascadas desde la cresta del Roraima. Esta pasarela de rocas escurridizas requiere de precaución, los distraídos pueden lastimarse al pasar rápidamente y llegar al otro extremo, donde todavía la llovizna nos perseguía.

Descenso por el Paso de las Lágrimas

Se acortaba la distancia para llegar a la cúspide, unos minutos después del Paso de las lágrimas, unas cuantas rocas más, y ahí estaba la recompensa, llegamos …llegué.

Estar arriba fue surreal, un escenario de rocas negras atenuado por la neblina me recibió. La euforia no dejaba que el frío calara en mis huesos.

Tomamos un pequeño receso para contemplar, oler y sentir El Roraima. Los surcoreanos pintaban sus rostros de rojo, como si fueran guerreros, mientras el resto reposaba en las piedras que cundían la meseta.

En la cima del Roraima

Desde ese punto, cada quien agarró su rumbo hacia los hoteles, nombre que reciben las cuevas que albergan a los visitantes, resguardándolos de las constantes lluvias y las bajas temperaturas, que en las noches suelen descender hasta 5°C.

Maravillados llegamos al hotel Arenales, arreglamos nuestros macundales y nos deleitábamos con aquella vista primorosa. Estábamos sometidos a los caprichos del tepuy, se despejaba a ratos y nuevamente nos propagaba la neblina acompañada de un chaparrón altanero que nos impidió recorrerlo ese día.

Vista desde el “hotel” Arenales

Resguardados en pares dentro de las carpas, la noche en medio del silencio dejaba asomar un sonido que imitaba el canto de una ninfa, se fusionaba con el de las aves que socializaban posándose sobre nuestras cubiertas. Me asomaba y las veía bañándose en la lluvia y buscando restos de comida.

La mañana del cuarto día fue memorable, despertamos con un frío atroz, pero ni eso nos podía robar la emoción de correr hasta el punto más alto del hotel, que bautizamos como el comedor, para contemplar la inmensidad de aquella sabana enigmática.

Salimos como un gusano de colores por todo el tepuy para descubrirlo. Una caminata de veinte minutos nos llevó a la cueva de Guácharos.

Camino a la cueva de Guácharos

Millones de años transcurrieron para que aquello luciera como lucía. Formaciones rocosas, paredes y caminos de arena con agujeros formados por el incesante goteo de la lluvia se cruzaba a nuestro paso.

Una cascada se asomaba dentro de la gruta, todos pasábamos en silencio para verla, como respetando aquel momento.

Allí mismo, había una especie de arcilla con la que decidimos hacernos unas mascarillas. El guía nos pidió que apagáramos las linternas por unos segundos, luego apuntamos la luz hacia el techo. Fue como si hubiesen arrancado un pedazo de la galaxia y lo hubiesen puesto  adrede.

Cueva de Guácharos

El viento y la lluvia seguían arreciando a la salida de la cueva; pero, de pronto, el clima se puso a nuestro favor. Viviendo en Maracaibo, confieso que nunca me emocionó tanto ver el sol en todo su esplendor como ese día.

Los rayos solares se entrelazaban con un arcoíris, mientras corríamos rumbo a los jacuzzis.

Antes de llegar a estas piscinas naturales, nos topamos con el Valle de los Cristales, miles de cuarzos de todos los tamaños cubren de blanco uno de los caminos.

Valle de los cristales

Después de esta pausa para admirar la calle blanca de los cuarzos, se nos travesaban rocas con las formas más inimaginables. Una de ellas a contraluz parecía el rostro de Fidel Castro, otras lucían como una tortuga y aves gigantes. También una hilera de rostros negros brotaban de las piedras continuas rodeadas por flores rojas.

Llegamos a los jacuzzis. Eufóricos nos apresuramos para disfrutarlos. Su agua era más fría que la normal, pero más caliente que la de los ríos de esa zona. No había cabida para las inhibiciones. Sirvió para consolidar nuestra conexión con aquel lugar.

Jacuzzis

Arriba en El Roraima tres naciones se encuentran, específicamente en Punto Triple, donde el 85% pertenece a Venezuela, el 10% a Guyana y 5 % es territorio brasileño. La falta de tiempo y las condiciones climáticas no nos permitieron llegar hasta allá.

La última noche en el tepuy registraba en mi cabeza cada imagen, sonido y olor que me concedía. El pemón nos deleitó con una cena con calabresa (salchicha brasileña) y el impelable cumache, un picante hecho con bachacos, solo para valientes.

Calabresa, arroz, lentejas y cumache fueron la cena

Las conversaciones con mis compañeros de aventuras, a quienes conocí en esos confines del mundo, se paseaban entre el taurepán  (idioma pemón) de los porteadores, el inglés acérrimo de una neoyorkina y dos canadienses, y el castellano ocurrente de dos maracuchos-incluyéndome- y un machiquense.

A las seis de la mañana del quinto día, nuevamente morrales a la espalda y a bajar. El mismo camino que nos llevó arriba, esta vez nos traía de vuelta.

La lluvia nos persiguió desde la salida, el guía aceleraba su paso y el nuestro para evitar encontrarnos con los ríos crecidos.

Las rodillas pedían clemencia entre cada movimiento, el Paso de las Lágrimas, se volvió más difícil, las piedras se tornaron más resbalosas y la llovizna desde arriba más incesante.

Las escaleras se convirtieron en barro y eso complicó el descenso. En el trayecto, los mismos grupos que había visto subir, bajaron ese día,  juntos nos tocó cruzar un río rabioso, antes de llegar al campamento base.

Desde allí decidimos que mientras más rápido bajáramos mejor. Tomamos un pequeño receso, le dimos un respiro a las piernas y continuamos hasta río Ték.

Para llegar a la cabaña, caminamos siete horas más en el Parque Nacional Canaima. Volteábamos y nos despedíamos del Roraima. El recorrido de vuelta no dio tregua, la lluvia nos acosó la mitad del tiempo, y en la otra mitad el sol nos desgastaba.

Cruzar el río Kukenán fue el punto más álgido de ese día. Dos de nosotros quedamos rezagados, pero los gritos del guía nos indicaron el camino. El cuerpo seguía pasándome factura.

Los primeros cruzaban y sus caras de angustia me inquietaban, fui la penúltima en cruzar. Seguí las instrucciones de los pemones que estaban acostumbrados a ver ese torrente brioso y pude llegar al otro lado.

Cruzando el río Kukenán

Llegamos a la cabaña de río Ték de nuevo y el cuerpo reclamaba reposo absoluto. Sin embargo, en la mente había más espacio que solo para las quejas y el dolor, era para la satisfacción de haber sido privilegiados con la vista primorosa desde la cúspide. Me sentí invencible.

Tomamos un baño en el río  —que procuró estar más frío que de costumbre — y nos acostamos.

Ahora sí, el último día llegó y nos marchamos para llegar al mediodía a Paraitepuy.

Cabaña donde pernoctamos primer y quinto día

Mientras andábamos en los últimos minutos de sabana, nos pasaban vertiginosos los corredores que participaban en un maratón. Vi pasar de todo: hombres, mujeres, porteadores y adultos mayores, cuyo recorrido era el mismo que nosotros logramos hacer en tres días, y que el ganador de esa competencia logró concretarlo en apenas doce horas.

Participante del maratón

Faltándome unos quinientos metros para llegar a Paraitepuy, recibí el último palo de agua que me concedió la Gran Sabana. Mis compañeros, que habían llegado antes, me recibían como en una escena de Rocky, con aplausos que iban de menos a más, animándome a dar los últimos pasos hasta alcanzar una silla.

La travesía terminó con un almuerzo. Recordé que era época del Mundial de Fútbol (2014) por un televisor dispuesto en el restaurante. Fueron seis días alejados de la “vida real”, aunque siempre creo que lo que vi allá arriba era la más absoluta realidad.

Pese a haber  viajado y apreciado la belleza de la naturaleza fuera se Venezuela durante estos últimos 5 años, visitar el Parque Nacional Canaima y treparme por el Roraima era una idea que se asomaba en mis sueños desde pequeña. Verlo y vivirlo de cerca.

Espero encontrarla cuando vuelva, más valiente y serena.

De regreso a Paraitepuy

Jennifer Marrugo

@VISUALECTORES

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