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“Soy sus manos, sus pies, su cuerpo”: ser madre de un niño especial

“Me llamo Karina Dávila y debo confesar que siempre me gustaron los niños; protegerlos, cuidarlos, jugar con ellos, aunque no fueran míos.

De hecho, casi 10 años en el área administrativa de hospitalización infantil me destrozó el corazón más de vez. Al día siguiente probablemente encontraría una camilla vacía.

Tocaba suturarme el alma cada tarde al llegar a casa.

Jamás pensé que se tratara del pregrado para el gran desafío y bendición de mi vida.

Me casé como lo había imaginado, con la persona que había idealizado. A los 27 años esperaba a mi primer hijo.

¡Que ilusión!

Recuerdo nuestras expectativas y las de toda la familia para llenarlo de amor. Yo quería aplicar todo aquello que había aprendido. Pero, una cosa dibuja uno y otra nos da la vida.

Te aseguro que siempre habrá una razón.

Conforme pasaba el embarazo, mis malestares se convirtieron en un asunto más grave. No eran los típicos vómitos y mareos, presentaba problemas con mi tensión y a las 32 semanas me diagnosticaron placenta previa.

Para la semana 33, el feto pesaba solo 500 gramos; en mes y medio me propuse llevarlo a 2100.

Lo hice.

Sin embargo, con lo que nunca conté fue que el nacimiento de mi hijo me convirtiera en una madre para siempre; de esas que no los pueden dejar volar sin cuidarles perennemente el vuelo, de las que son sus manos, pies y cuerpo hasta que su propio cuerpo pueda.

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De las que temen abandonar el mundo sin lograr su independencia.

Eso soy yo ahora, una madre 24/7.

‘Perdiste líquido y el bebé tuvo hipoxia’. En palabras mas simples y menos dolorosas: al nacer hubo falta de oxígeno en su cerebro. La parte muscular y motora se vieron afectadas.

A eso le siguieron otras afecciones que complicaron su condición.

Hicimos todo y un poco más. Buscaba segundas y terceras opiniones médicas, porque las pesimistas las descartaba.

Un empeño por verlo correr que hasta la fecha me acompaña.

Tuve a mi segundo hijo unos años después.

El miedo volvió. Hasta las últimas dos semanas de ese embarazo mi rutina y prioridad eran consultas y sala de terapias de mi primer hijo.

Conforme fueron creciendo, las dinámicas se hicieron extrañas para ambos. Uno viendo a su hermano correr y el otro jugando a arrastrarse porque quería ser ‘así’.

Debí arreglarlo también. Era madre de dos y la atención tenía que compartirla.

A veces me da rabia con la vida. Ha habido momentos de tristeza y soledad absoluta encerrada en un baño, procurando no incomodar al mundo con mi inconformidad y llanto oscuro.

Antes le decía que debía aprender porque yo no estaría para siempre.

Hoy reflexiono.

En el panel de las madres, el de nosotras no tiene la opción de rendirse; o por lo menos no está en el mío.

Nada pudo ser en vano. Aunque tenga sus limitaciones, en mis sueños siempre lo veo feliz, independiente y caminando”.

Jennifer Marrugo

@VISUALECTORES

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