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«Vivir del arte puede ser una mentira»: la historia de la escritora Sofía Pereda

«Hola, me llamo Sofía Pereda, escritora venezolana radicada en Nueva York.

Esa presentación les parecerá soñada, pero la historia de cómo llegué hasta este lugar es muy diferente a la de quienes invirtieron tiempo en peticiones celestiales para lograr el American dream.

Nací y crecí en Venezuela, un país tan complicado que ya perdí las maneras de entenderlo y explicarlo.

La última vez que lo entendí, mi mamá se estaba apagando de a poco. A ella le diagnosticaron leucemia en los primeros dos miles y en ese tiempo fue mejor de lo siempre había sido. Pese a las noticias pesimistas de los médicos, que le pusieron el contador en menos, ella siguió trabajando, ocupándose de todos los roles que procuró ser en mi vida: mamá, papá y amiga.

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Imagen: @sooficiente

Esa maldita enfermedad no perdona; no lo hizo con ella. Los días se hacían más largos, yo intentaba que no sufriera. Me parecía el más generoso acto de amor que podía ofrecerle en ese momento. Era inexperta, ni sabía qué era lo correcto. Lo que sí sabía es que ella no debía sufrir por el inevitable egoísmo de saberla siempre conmigo, porque para eso deben ser las mamás, para no morirse y dejarlo a uno con un vacío infinito.

En ese camino me acompañó mi nana, una mujer que fungió como otra madre mientras la mía se me iba.

Fue en 2017 cuando decidí que mi mamá merecía irse sin sufrir. Las opciones eran toscas, dolorosas e innecesarias. Cada suspiro dejó de ser vida para convertirse en agonía.

¿Que si duele? ¡Muchísimo!

Pero si le preguntan a la Sofía de hoy qué hubiera cambiando de todo lo que hizo en aquellas escenas de desesperación silente, les respondería que la dejaría en su casa, en su ambiente, hasta que la vida se le apagara por completo. Una despedida en la dignidad del hogar que ella misma construyó.

Se puede decir que ese episodio desafortunado —que de vez en cuando me araña los pensamientos— se unió con la incertidumbre de ser venezolano, del miedo diario de llegar a formar parte de las estadísticas. Se mezcló con la tragedia de país del que nunca me quise ir, pero que él mismo me obligó a irme. Me emigró.

Tener green card y vivir en Venezuela es una frase casi surrealista. A decir verdad, quién soy yo para detener las odiosas decisiones de la vida, si ella ha vivido más que yo.

Se puede decir que allá, en ese país caótico, casi lo estaba logrando, rodeada de pura salsa creativa, de lo que estudié, una comodidad que se diluía de manera casi imperceptiva.

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Imagen: @sooficiente

Esa green card pedía a gritos un uso inmediato, así que el destino se empeñó en que yo regresara a Miami para organizar mi existencia o —por lo menos— justificarla.

De Miami a Nueva York.

En la Gran Manzana puedes llegarte a sentir como el gusanito dentro de la fruta. Hay tanto de todo que al final no tienes nada. Alguien que sepa hablar tu idioma, alguien que te entienda las situaciones tortuosas de una prórroga, el puteo clásico a nuestros inútiles políticos (que ya es redundancia), los chistes internos de nuestra tragedia.

El amor me ha encontrado en otro idioma, he pasado por trabajos alejados de las letras y también por festivales de cine que me han dejado olfatear a qué huele el éxito ajeno.

Vivir del arte puede ser una mentira, hasta que lo logras o te resignas. Son tantos intentos, tantos coñazos, que por fin entendí que soy la chama con más ganas y talento que ‘contactos’.

Tuvieron que pasar varias discusiones conmigo misma para digerir que no es necesario aguantar la pela sumergida en la amargura de las quejas. Vivir en una constante reclamadera de lo que crees te pertenece por el hecho de ser humano.

Crecí.

Porque con una mano hay que pagar las cuentas, la comida, el techo; la otra la seguiré usando para cumplir mis sueños.

Se vale ser cursi, hasta pensar en traducir a Uslar Pietri. Que no me falte la motivación para terminar la otra mitad del libro que me prometí. Dejar de ser purista de las teclas y aprovechar cada nuevo conocimiento. Que las realidades no se peleen con mis fantasías. Para que me entiendan, seguir echándole un camión de bolas.

Desde mi trinchera, insistir».

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Imagen: @sooficiente

Un placer conocerte, Sofía.

Jennifer Marrugo

@VISUALECTORES

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